¡Oh, fragantísima Rosa de Santa María,
que estáis plantada en los jardines del Cielo,
honra y gloria de vuestro pueblo,
alegría del mundo.
Gracias damos a la Majestad divina
por la admirable pureza que gozáis en el alma,
por la invencible paciencia con que os fortaleció,
por las heroicas virtudes con que se os adornó
y por el encendido fuego de amor en que os abrazó.
Alegraos y gozaos en los brazos
de vuestro amado Jesús.
¡OH, dichosísima esposa de su corazón,
bebed en su dulce costado
las abundantes delicias que corresponden
a vuestro sombroso padecer!
